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Puntos ciegos éticos

Shemot 5784—Spanish

by Rabbi Emile Ackermann (Posted on January 3, 2024)
Topics: Sefer Shemot, Shemot, Spanish, Torah

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Traducido por Balbino Cotarelo Núñez

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En la narrativa bíblica hay una brecha entre el nacimiento de Moshé, su rescate por parte de la hija de Faraón y su despertar a las condiciones de vida de sus “hermanos” – אֶחָיו ejáv. De hecho, está escrito:

וַיְהִ֣י ׀ בַּיָּמִ֣ים הָהֵ֗ם וַיִּגְדַּ֤ל מֹשֶׁה֙ וַיֵּצֵ֣א אֶל-אֶחָ֔יו וַיַּ֖רְא בְּסִבְלֹתָ֑ם וַיַּרְא֙ אִ֣ישׁ מִצְרִ֔י מַכֶּ֥ה אִישׁ-עִבְרִ֖י מֵאֶחָֽיו׃

Pasó en aquellos días, habiendo crecido Moshé, salió hacia sus hermanos y vió su sufrimiento. Vió a un varón egipcio golpear a un varón hebreo de entre sus hermanos.

Si Moshé creció en el palacio real, como implica el texto bíblico, ¿cómo pudo reconocer a sus hermanos hebreos?

La escapada de Moshé es principalmente un escape de sí mismo. Escapa de su propia identidad egipcia, deja el palacio real para conocer a el otro, y ve lo que de verdad ocurre en el mundo real, muy lejos del privilegiado espacio que lo protegía. Y ahí es cuando se da cuenta de que aquellos que consideraba sus hermanos, los egipcios, de hecho oprimen a otro pueblo, ¡los hebreos! La persona que se parece a él no pudo ser por lo tanto el egipcio que estaba haciendo la injusticia y así se identificó con la figura de el otro, representada por el hebreo, que era la víctima de iniquidad egipcia. Él reconoce a su hermano como “el que estoy obligado hacia, el que soy responsable por”, como dice Lévinas. Lo hace poniendo en riesgo su propia vida (Shemót 2: 15), porque según Lévinas: “Mi responsabilidad por los demás es, incluso si me cuesta mi propia vida”. El primer acto de Moshé es el desarrollo de una personalidad ética que se reconoce a sí misma en la condición del hebreo, al rechazar radicalmente todo lo que le hace ser quien es. El texto bíblico habla del nacimiento del más grande de los profetas, con la ruptura que hace con su entorno en nombre de la más absoluta exigencia ética. Este deber ético es también la raíz de la violencia, ya que mata al egipcio que está golpeando al hebreo. También este deber ético marca el comienzo del viaje épico de Moshé, cuando huye a Midián, conoce a Itró y se casa con su hija, y, recibe la visión de la zarza ardiente… Un viaje que comienza con violencia, primero simbólica y luego física.

El asesinato del egipcio no es una mera anecdota. Tendrá un profundo impacto en Moshé durante toda su vida.

La literatura midráshica nos ayuda a entender los problemas que surgen de este episodio. Cuando su hermano Aaron fue nombrado sumo sacerdote, una exégesis en Vaikrá Rabá explica que Moshé no fue nombrado sumo sacerdote por el homicidio que había cometido, que podía haber sido incompatible con el sacerdocio, así como David no pudo tener el derecho de construir el Templo por todas las guerras que libró. La violencia parece ser una mancha que no puede coexistir con el servicio divino.

La violencia nunca se da sin consecuencias y puede incluso tener un impacto en las generaciones futuras: en la perashá Emór, la Toráh nos cuenta la historia de un hombre que no encontrando un lugar entre los distintos campamentos hebreos, blasfema el nombre divino y al final se le aplica la pena de muerte. Los sabios nos enseñan que este hombre era el hijo de un ish mitzrí – hombre egipcio – nada más y nada menos que el que Moshé había asesinado. Como resultado de la relación entre este egipcio y su madre hebrea, no tenía derecho a vivir entre los descendientes de la tribu de su madre, que se transmite solo por el padre. El blasfemo, el portador de múltiples formas de violencia – la violencia de la relación entre su padre y su madre, la violencia del asesinato de su padre y la violencia de su propio rechazo – “salió” (Lev. 24: 10) – pero su salida, en paralelo con la de Moshé, fue su salida fuera del pueblo hebreo, mientras que el profeta había retornado a su pueblo. Una salida por otra salida.

Finalmente, el midráshpetirat Moshé” presenta el diálogo entre Dios y Moshé en el que él negocia posponer su muerte:

“Soy mejor que todos los demás”, dice Moshé. “¡Adam comió la fruta, Nóaj no intervino para salvar a su generación, Abraham crió a un hombre malvado!

Dios contestó: “Tú asesinaste al egipcio, el que golpeó al judío.”

“Sólo maté uno, ¡cuántos has matado Tú!

“Moshé, yo doy la vida y también puedo tomarla.”

Este pecado de juventud fue el último clavo del ataúd de Moshé, el que le impidió llegar a Israel de una vez por todas. Mientras que Moshé había empezado una radical transformación de su ser, esto le llevó a otro extremo, que le llevó a comenter el asesinato.

La obligación ética mis hermanos y hermanas no puede hacer olvidarme del que así se transforma en el otro, quien lucho por reconocer como mi prójimo. La historia de Moshé nos recuerda que estamos constantemente llamados a “salir” de nosotros mismos, para librarnos de nuestras certezas, y cuestionar aquellos que nos rodean. Sin caer en otras certezas, porque incluso los más grandes entre nosotros tuvieron que pagar el precio.