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La persistencia de la santidad.

by Rabbi Michael Gordan (Posted on February 14, 2024)
Topics: Sefer Shemot, Spanish, Terumah, Torah

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https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Stiftshuette_Modell_Timnapark.jpg

Traducido por Balbino Cotarelo Núñez

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En el comienzo de la perashá Terumá, el libro de Shemót deja atrás el éxodo y las leyes civiles de Mishpatím, y se lanza hacia el gran tema final: los detalles del Mishkán (el Tabernáculo), su mobiliario y su construcción. El Mishkán será una parte integral del campamento de bené Israel, los hijos de Israel, mientras peregrinan por el desierto, y continuará siendo una presencia después de que crucen el Jordán hacia Israel.

A pesar de la importancia del papel del Mishkán en el desierto, su historia después de que los judíos entraron en la tierra de Israel está menos clara. Así como nuestra perashá habla de los comienzos del Mishkán, me gustaría comentar el aparente final de la existencia del Mishkán. El Talmud en Sotá 9a hace un comentario sobre este punto que merece nuestra atención. Habla de David y Moshé y nos cuenta que ambos fueron afortunados porque sus enemigos nunca llegaron a dominar sus dominios. Como prueba para el rey David nos cita un versículo que puede ser interpretado como demostración de que las puertas de Jerusalén, que David construyó, nunca fueron destruidas sino que se hundieron por sí solas en la arena. Como prueba para el caso de Moshé, el Talmud cita el dicho rabínico de que cuando el Primer Templo fue construido, las estructuras del Mishkán fueron escondidas bajo los túneles del Santuario.

Para el caso de David, podemos entender fácilmente cómo el milagro previno que los invasores babilonios destruyeran su obra, y, por qué los babilonios serían llamados los enemigos de David. En el caso de Moshé, está terminología parece fuera de lugar. Los constructores del Primer Templo, Shelomó y Jirám, no eran de ninguna de las maneras “enemigos” de Moshé o del pueblo judío. Al contrario, Shelomó creía que sus esfuerzos marcaban una continuación del propósito del Mishkán, y que eran aprobados por Dios. Nuestros rabinos recalcaron esto al conectar muchas de las parashót que describen la construcción del Mishkán con las haftarót que describen la construcción del Templo. La construcción de Shelomó y Jirám se entiende como un paralelo a la construcción de Moshé y Bezalel.

Otra pregunta adicional sobre el lenguaje del Talmud es acerca de parte de la historia del Mishkán que conocemos por los últimos libros de la Biblia. En particular, los indignos hijos de Eli que sirvieron como sacerdotes en el Mishkán durante su larga permanencia en Shiló. Si Moshé es nuestro modelo de piedad y humildad, seguro que tener a estos sacerdotes sirviendo en el Mishkán era un caso obvio de “enemigos” controlando el trabajo de Moshé. Por más que nos gustase librar a Moshé del disgusto de que esos sucesores no merecían servir en el Mishkán, es muy extraño que los rabinos ignoraran este hecho.

Es como si el duro lenguaje del Talmud, describiendo al constructor del Templo como un “enemigo” de Moshé, tuviese toda la intención de enfatizar el contraste entre los estadios de desarrollo que tuvo el pueblo judío, y lo diferentes que fueron estas dos eras. El Mishkán al ser portátil reflejaba a un pueblo en transición, que necesitaba un Dios que pudiese viajar con ellos y que respondiese a las cambiantes necesidades, cuando el ambiente que los rodeaba era cambiante.

Con David y Shelomó, sin embargo, el pueblo judío alcanzó una capital permanete y Dios alcanzó un hogar en la capital cuyo culto sería formalizado y centralizado para siempre. Esto representó un nuevo modelo para la vida judía, uno del que podemos imaginar que Moshé hubiese desconfiado, especialmente si consideramos cómo Shemuel, que ungió al primer rey, tan severamente avisó de los riesgos que representaba una monarquía.

No estamos, sin embargo, atascados en la irreconciliable hostilidad entre estas dos diferentes eras del pueblo judío. La Toseftá en Sotá 13: 1 hace eco del reclamo de que el Mishkán fue de hecho escondido cuando el Templo fue construido. La Toseftá añade, como contraste, que a pesar de que Shelomó encargó numerosas menorót (candelabros) y shuljanót (mesas) para el Templo, los sacerdotes del Primer Templo solo usaron el shulján y la menoráh que Moshé había construido; y de hecho, estas no necesitaron ser ungidas con aceite de oliva porque su kedushá, su santidad, era para siempre.

No es fácil distinguir entre los componentes esenciales de nuestra religión y aquellos que, por importantes que sean, están sometidos a la época y las circunstancias. Puede que no sea posible que los consigamos distinguir. Sin embargo, la lección de la transición del Mishkán al Templo es que incluso en el desafío del cambio, la santidad perdura y puede continuar iluminando y sustentándonos.