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Perashát Behár: “Mi fe, mi tierra, mi nombre”

by Rabbi Yehuda Hausman (Posted on May 23, 2024)
Topics: Behar, Sefer Vayikra, Spanish, Torah

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Traducido por Balbino Cotarelo Núñez

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Y Dios habló a Moisés en el monte de Sinaí, diciendo:
Habla a los hijos de Israel y diles:
Cuando hayáis entrado en la tierra que Yo os doy,
la tierra guardará un Shabát para el Señor.

(Lev. 25: 1- 2)

El versículo de apertura de la porción de esta semana es como las direcciones de escena para una obra de teatro. El escenario es el Monte Sinaí. Los personajes son Dios, Moisés y los hijos de Israel. Pero el contenido no es un drama que transcurre en el desierto sino un lección sobre las leyes que reinarán una vez que Israel entre en la Tierra Prometida: las leyes para el Séptimo Año y las leyes del Año Quincuagésimo; la leyes de las ciudades de los levitas y las leyes de los préstamos y de los granjeros desafortunados.

Los pasajes anticipan un cambio de la propia identidad. La Nación se convertirá en mucho más que los hijos de un hombre llamado Israel. Se convertirán en los hijos de una tierra con el mismo nombre.

“Yo soy el Señor vuestro Dios.
Que os saqué de la tierra de Egipto,
para daros la tierra de Canaán,
para ser vuestro Dios.”
(Lev. 25: 38)

Esta es la historia de Am Israel. En Egipto, nos convertimos en una nación. En el desierto encontramos la fe. En la Tierra de Israel encontramos un hogar. Este es el relato que recitamos cada Pascua, como hemos hecho por 3.300 años. A pesar de todo tenemos otro nombre y otra historia que es sólo ligeramente menos antigua. No somos solo el pueblo de Israel tambien somos el pueblo judío.

Hace unos 2.700 años, en el año 722 a.E.C., el reino del norte de Israel cayó bajo el Imperio Asirio. La mayoría de los habitantes, las “Diez tribus perdidas”, fueron deportadas a la fuerza. El resto escapó al sur y fueron absorbidas por el reino de Judá del sur o Judea. Esto precipitó un cambio del nombre nacional. En sus respectivas lenguas, primero los babilonios, luego los persas, luego los romanos nos llamaron iehudím – judíos. Aunque una traducción mejor sería judea-nos.

No como en alemán (y el francés medio) jude, la letra “d” desapareció en inglés cuando los normandos cruzaron el canal inglés. Por eso en inglés se puede perdonar que los anglos asuman que un jew (judío) sea alguien que practica el judaísmo. No exáctamente. Un jew (judío) es una persona que puede seguir el hilo de su genealogía hasta Judea, donde la fe local fue correctamente llamada judaísmo. Josefo, escribiendo en griego, usaba el término Ioudaismos (Ἰουδαϊσμός). Esta es nuestra segunda historia. Expulsados de la tierra por los babilonios y de nuevo por los romanos, los judíos llevaron a sus espaldas la fe judía mientras se esparcieron a todos los rincones del globo.

A pesar de que la nación de Israel y el pueblo judío son una y la misma, desde hace pocos meses, he reflexionado mucho acerca del segundo. En Pascua, fui dos veces a UCLA – la Universidad de California de Los Ángeles para visitar dos acampadas anti-Israel. Por treinta años, he disfrutado de todo tipo de eventos, clases, infraestructuras y sus amplias bibliotecas. Así, la arrogancia de los jóvenes aspirantes a ser Guy Fawkeses y a Che Guevaras acosando a otros estudiantes y dictando dónde sí y dónde no pueden entrar los judíos lo encontré personalmente ofensivo.

Los activistas primero colocaron una docena de tiendas de campaña en un gran prado en frente de la magnífica fachada de ladrillo de Royce Hall. Dos semanas más tarde era una prisión militar. Tablones altos, superpuestos y bayas pesadas acabaron cercando una fortaleza con cuatro muros. Toldos, lonas y sombrillas de playa bloquearon la vigilancia aérea. Vigilantes enmascarados guardan las entradas. Cuando me acerqué me impidieron entrar bloqueándome con sus cuerpos. La kipá y la falta de kufiya seguramente fueron mi perdición.

Incluso mientras que en el exterior crecía su fortificación, los mensajes tanto dentro como fuera seguían siendo visibles y vehementes. Fue descorazonador ver los incontables pósters y los grafitis garabateando “SioNazis” por crímenes inventados. Aún así encontré algo de satisfacción en las pancartas con letra negra, declarando que los ocupantes del campamento eran “Anti-Sionista, No Anti-Judío.”

Ironicamente, cada antisionista que pronuncia la palabra judío sin querer nos recuerda nuestros orígenes. Todas las falsas ilusiones del mundo no pueden cambiar la simple verdad de que Sión era el nombre de la colina de Jerusalén alrededor de la cual los judíos construyeron su capital.

Presentándome a otra persona en una pista de pádel, recientemente, me preguntaron una vez más: “¿Ye-huuu-daaa? ¿Qué nombre más raro?” Dejando a un lado las respuestas habituales, sonreí y dije: “Es de Judea.”