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Traducido por Balbino Cotarelo Núñez
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Si lees el peshát, o el significado simple, de la historia de Bilám, parece que aprende despacio, pero es una persona redimible. Acepta el pedido de Balák, el rey de Moáv, para maldecir al pueblo judío a la vez que se da la salvedad de que solo puede decir lo que Dios le dice. Intenta maldecir la nación dos veces, en cada ocasión acaba bendiciendo en lugar de maldiciendo, y la tercera vez entiende la intención de Dios y voluntariamente bendice al pueblo.
Aún así si lees las descripciones de Bilám en Sanhedrín 106, emerge un retrato muy diferente. Él tuvo el potencial de ser un profeta pero lo perdió debido a su mal comportamiento. Es descrito como un hombre sediento de sangre y bellaco que finalmente es ejecutado por los judíos usando los cuatro tipos de pena capital simultáneamente. La descarada seducción de la princesa madianita al final de esta perashá, que finalmente trae la plaga a los israelitas, se considera la idea de Bilám ya que sus maldiciones no lograron alcanzar sus objetivos.
Entonces, ¿cuál es el grave pecado de Bilám? ¿Es meramente que intentó maldecir a nuestros ancestros? Para intentar encontrar una respuesta, tenemos que retornar al punto en el que es visitado por los ministros de Moáv.
Bilám se dirige a Dios con el pedido que le ha hecho Moáv y recibe una respuesta inequívoca:
לא תלך עמהם לא תאר את העם כי ברוך הוא
No vayas con ellos, no maldigas al pueblo porque son benditos.
De hecho, después de rechazar su petición, Bilám despide a sus ministros, pero cuando una segunda delegación llega, de mayor prestigio y con regalos mayores, decide hacer una nueva petición a Dios. Cuando Dios le da permiso para ir con ellos la segunda vez, le dice:
אם לקרוא לך באו האנשים קום לך אתם, ואך את הדבר אשר אדבר אליך אתו תעשה
Si estos hombres han venido para invitarte a ir con ellos, levántate y vete con ellos, sin embargo las palabras que Yo te diré, esto es lo que debes hacer.
En otras palabras, Bilám acepta el pedido de Balák a sabiendas de que sus palabras están restringidas a lo que Dios le manda y a que Dios ya le ha comunicado que la nación judía es bendita. El Ramban (Najmánides, s.XIII España) nota que mientras que la primera vez, a la mañana siguiente a su comunicación con Dios, Bilám rechazó y envió de vuelta a los mensajeros de Balák, esta segunda vez cuando se levanta por la mañana, simplemente se va con ellos, sin decir nada. Este silencio significa asentir, y el Ramban culpa a Bilám de su fallo de no informar a los líderes moabitas de las limitaciones que han recaído en él. Desde la perspectiva moabita, él simplemente “cambió de idea” y estaría de acuerdo con cualquiera cosa que le pidieran. Él los engañó con una mentira por omisión, haciéndoles creer que iba a maldecir al pueblo.
Más aún, incluso cuando Bilám manda de vuelta a los mensajeros, así como cada vez que posteriormente menciona la limitación de sus poderes a Balák, solo comparte con él que Dios ha dicho que no o que debe decir lo que Dios le manda decir. Bilám sabe por su conversación anterior con Dios “לא תאר את העם – no maldigas la nación.” Es plenamente consciente de que Dios no le permitirá maldecir a los Bené Israel, pero nunca menciona ese hecho a sus interlocutores humanos, a pesar de las numerosas oportunidades que se presentan. Mientras que sí les advierte que solo podrá decir lo que Dios le permita, no comparte con ellos que sabe claramente que Dios solo busca bendecirlos. Este acto de hacerse el tonto hipócritamente es el mayor fallo moral de Bilám.
Hacer creer que vas a hacer algo cuando sabes que no lo harás es una forma de אוֹנָאָה – engaño. Este clásico caso es mencionado en el tratado de Bavá Metsiá en el que alguien entra en una tienda y señala un interés genuino en hacer una compra, por ejemplo al probarse una prenda de ropa o al preguntar detalles sobre una mercancía, sin la intención real de comprar. Al crear la esperanza de una venta a ojos del vendedor, cuando sabes perfectamente que no lo vas a comprar, de alguna manera has “robado” algo a aquella persona. Los sabios usan el término אוֹנָאָה que también se aplica a cobrar por encima del valor de mercado, sugiriendo que dar una falsa esperanza, es una forma de engañar a alguien. Debemos ser sinceros en todas nuestras interacciones y no engañar a nadie en nuestro camino.
Incluso en nuestras relaciones más cercanas, ¿somos siempre francos? Cuando mis hijos me piden algo y sé seguro que mi respuesta es no, ¿les digo un no claro o les digo algo como “ya veremos”, para evitar ser el portador de malas noticias? Con frecuencia es más fácil evitar una confrontación negativa, pero esto daña la relación a largo plazo.
Bilám escogió el camino del engaño – incluso con sus aliados. Los engañó con la esperanza, al aparentar que los ayudaría, pero como resultado sólo creó una decepción más profunda. Al ser honestos con nosotros mismos, y con otros, podemos evitar esta trampa y podemos crear la habilidad para comunicar incluso verdades difíciles a aquellos que nos rodean.




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